No carácter catalán

Per Xavier Bru de Sala
La Vanguardia (28 d'agost del 2004)
Tratar de explicar cómo son los valencianos, andaluces o sicilianos, por no decir franceses o ingleses, presenta muchas menos dificultades que hacerlo con los catalanes. Durante la dictadura franquista, en tiempos de travesía nacional del desierto, recuento y salvación de lo esencial, diversos autores escribieron sobre el asunto. Descartados los que fantaseaban sobre cómo deberían ser, con intenciones nacionalistas y reformadoras, sobresalen el filósofo Ferrater Mora y el historiador Vicens Vives, alejados ambos, y ya era mérito, del doctrinarismo catalanista imperante en la época (y en buena parte aún hoy, ¿por qué será tan doctrinario el nacionalismo catalán?). Las pocas briznas de realidad que atrapó el filósofo entre tanta humareda insustancial como contiene su libro no están presentes en los catalanes de hoy. Vicens era mucho más inteligente y perspicaz. Lo del seny i rauxa no es invención suya pero lo articuló y ejemplificó como nadie más sería capaz de hacer.
Todo es discutible, pero Vicens tenía al menos un propósito, evitar en lo posible un nuevo ataque de rauxa colectiva, con el argumento de que Catalunya siempre ha salido perdiendo con tales accesos. Aun así, no son los pensadores, sino los escritores quienes están mejor armados para retratar colectivamente a sus connacionales, y en este campo, el fracaso de la literatura catalana, salvando muy pertinentes pero parciales aproximaciones, es palmario, e incluye de igual modo a los autores que han escrito en castellano. De ahí las dificultades del cine, y las de los guionistas de todo pelaje, en componer personajes para el consumo reconocibles por el público como algo más que estándares internacionales de género que emiten sonidos parecidos a los de sus oyentes.
La culpa, insisto, es de la literatura mayor, de los novelistas en segundo lugar y de los poetas en primero. También de los géneros y las intenciones menores, aunque por ahí, escarbando entre menudencias, sacaríamos más provecho. Pero siendo éste un artículo serio, es de tesis o de hipótesis, como habrán presentido, no de análisis. Ahí va una meditada propuesta. Los catalanes, tomados en conjunto, no tenemos carácter, somos una nación que se diferencia de las otras porque donde las demás presentan cantos y protuberancias distinguibles, nuestro único perfil reconocible es el mapa triangular de Catalunya y aún no se sabe si incluye el Rosselló ni hasta qué punto existen los Països Catalans. Eso no dice nada en contra de nadie, y mucho menos de cada catalán, pues de uno en uno es evidente que todos tenemos nuestra personalidad. El problema aparece a la hora de sumar características que se repiten de individuo en individuo, hasta sobresalir de entre las particularidades y así subrayar las líneas maestras que nos llevan a distinguir entre unos y otros pueblos por su manera colectiva de ser. Más originales que nadie, los catalanes nos distinguimos por ser indistinguibles. El carácter catalán es un no carácter. Por eso nos adaptamos tan bien a cualquier otra realidad, y somos capaces de comprender por igual a tirios y troyanos. No sé hasta qué punto, para estar por casa, la ausencia de carácter nacional equivale a ir en delantal o bata y zapatillas, pero es indudable que para ir por el mundo resulta muy ventajoso, ya que, por así decirlo, el desvestido viste ropa ajena con mayor facilidad, si bien nunca la toma por la propia, a pesar de no tenerla.
Los ingleses han forjado, y forzado, una manera de ser que premia la contención, de modo que es inglés quien anda envolviendo un armazón interior, del todo artificial, que le han construido en la infancia y juventud a base de disciplina y orgullo. De ahí resulta asimismo una moral prieta y una disposición a la observancia de las normas. El alemán, en cambio, se disciplina por exaltación del espíritu tribal, como consecuencia del torrente que le viene del fondo de la historia y le lleva a ser como es hasta el final, sin cortapisas. El francés de Francia ha acertado tanto porque nunca ha pagado sus errores. Más humilde y vapuleado, el catalán sería aquel que se aguanta las ganas de fer el ximple. La definición entronca con el seny i rauxa de Vicens, pero en una versión más realista y modesta, si bien no menos cierta. En ausencia de armazones de todo tipo –nos ahorramos así el trabajo de deconstruir, inútil en lo no construido–, institucionales, ideológicos, mitológicos y hasta deontológicos, somos un pueblo por la antigüedad y la persistencia, formado por individuos bastante civilizados, pero incapaces de reconocer normas, y menos de reconocerse en ellas. Eso proporciona una tensión íntima, entre las ganas de fer el ximple y la contención, que nunca las suprime sino que las oprime y acumula. Tanto cacarear que seny i rauxa no tienen traducción, y resulta mucho más intraducible la ximpleria, el ximplet, fer el ximple. Para que duela menos puede tomarse por un mango satírico.

